D. Alfonso Sánchez-Rey López de Pablo, nos habla de la Adoración Reparadora en la Escuela de la Divina Misericordia
ADORACIÓN REPARADORA
La adoración ante el Santísimo es el fuego ardiente que calienta un mundo frío, alejado del calor de Dios. Aunque ese mundo no se dé cuenta de ello. Pero también es uno de los caminos con los que se está renovando la Iglesia en estos tiempos duros que nos toca vivir. Rendirnos ante Jesús Sacramentado, y reconocerlo como Nuestro Señor, revitaliza el alma y nos pone en ese camino directo que nos acerca a su Corazón. Es un tú a Tú, intimidad entre el hombre y Dios
¿En qué consiste la adoración? Es quizá la oración más sencilla e intensa, porque está al alcance de cualquiera. ¿Qué hay que hacer? Seguir ese impulso del corazón que nos lleva a ponernos delante de Jesús Sacramentado: lo miramos y nos dejamos mirar. Podríamos decir que, con eso, nos bastaría. Algo así le dijo un campesino sin letras al Santo Cura de Ars cuando lo vio sentado en un banco delante del Sagrario: “¿Qué haces?” “Lo miro y me mira”. Y el sacerdote se quedó conmovido y aprendió de él. ¿No es eso lo más sublime que puede hacer el hombre? Ponerse frente al Señor, unirse estrechamente a Él, y contemplar con un alma enamorada. Ese cruce de miradas es, a fin de cuentas, lo más grandioso: la criatura que se rinde ante el Creador, el hijo que se deja querer por Dios. Un Dios que no es lejano, porque ha querido acercarse al hombre, haciéndose hombre para convertirnos en hijos suyos. Es cuestión de un amor que está al alcance de cualquiera porque se da y se recibe en una correspondencia de cariño. Ante Él abrimos nuestra mente y nuestro corazón.
Detrás hay un reconocimiento de su grandeza y nuestra pequeñez. Somos tanto y somos tan poco… Somos mucho porque valemos toda la Sangre de Cristo, que se ha entregado por nosotros dejándose clavar en una Cruz. Somos poco porque con nuestro pecado manchamos el traje de fiesta con el que Él nos ha revestido. ¡Cuánto amor por su parte! Y por la nuestra cuánta ingratitud.
No es que cometamos pecados, es que somos pecadores. Entonces, con el pecado ¿está todo perdido? Quizá pensemos que sí, cuando vemos nuestra pobreza, nuestra precariedad, pero no: el Padre sigue tendiéndonos su mano para levantarnos. Cuando reconocemos ese pecado con sinceridad y somos humildes pidiéndole perdón, nos acoge con su abrazo de misericordia. Cuántas caídas, cuántas traiciones, pero esa amargura que deja nuestro corazón herido puede convertirse en dulzura cuando volvemos a Él con el sacramento del perdón, de la confesión, de la reconciliación. Es la vuelta a la Casa del Padre después de haber alejado nuestro corazón del suyo.
El pecado es el gran enemigo del hombre, porque supone una ruptura, es tirar por tierra el amor que Dios nos tiene, con esa traición que deja nuestro interior malherido. Lo que hace es desdibujar la imagen de Dios en nosotros. Por eso, miremos a Nuestra Madre la Virgen, y volvamos. Acudamos al sacramento de la confesión que es el sacramento de la alegría. Y digamos lo que nos recuerda el salmo 50: “Contra Ti, contra Ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces”.
Este salmo atribuido al rey David nos da el tono de lo que es la compunción. ¿Qué queremos decir con esa palabra? Dicho de una manera más formal, es ese arrepentimiento por haber obrado en desacuerdo con la voluntad de Dios, que nos lleva al dolor por los propios pecados y propósito de no volver a actuar mal en adelante. Pero eso, con ser importante se queda muy corto…
Hay otra dimensión más profunda. El pecado no es saltarse un stop, no es no respetar las señales de tráfico, no es un desajuste como el que se puede subsanar ajustando un tornillo. Es algo mucho más serio. Es destruir el amor que Dios nos regala y mirar para otro lado. Es, a fin de cuentas, despreciar lo que Dios hace por nosotros. No podemos quedarnos en que es algo que atenta contra una ley, porque detrás está todo un Dios que nos ama tanto que se deja clavar en la Cruz por nosotros, porque quiere salvarnos. Es, por tanto, mucho más grave. Por eso, hemos de dar el siguiente paso, fomentar en nosotros ese dolor de amor que nos habla de un pesar más profundo: el haber traicionado el amor de Dios, respondiéndole con ingratitud, porque, a veces, aunque reconozcamos nuestra caída, tratamos a Dios como un jefe, y no como un Padre, o como un amigo.
David junto con Abraham y Moisés fue uno de los grandes amigos de Dios, de hecho, uno de los títulos que se le dio a Jesús en la primitiva Cristiandad sería ese: el de “Hijo de David”. David era pecador, era débil, muy débil en ocasiones, pero el profeta Natán le hizo ver su pecado, volvió al Señor y el Señor lo perdonó. Después compondría ese salmo donde implora a Dios misericordia.
¡Que impresionante es la misericordia de Dios! Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Dios sale a nuestro encuentro y nos recibe con los brazos abiertos si somos sinceros al reconocer nuestra culpa y pedir perdón por ella. Entonces se puede decir, con toda la razón, lo que leemos en San Pablo: “la misericordia se ríe del juicio”. Si fuera por lo que David y cada uno de nosotros hacemos al alejarnos de Dios por el pecado, tendríamos que ser juzgados culpables, y el juicio sería inapelable. Pero si acudimos a Nuestro Padre Bueno del cielo, entra en juego su amor misericordioso que no nos aparta de su lado, su misericordia nos devuelve la inocencia primera.
Quizá, al ver nuestras carencias, nos podemos quejar de que todo está mal y que nosotros tampoco hemos contribuido con nuestro pecado a que eso vaya a mejor, pero vamos a pedirle al Señor no dejarnos llevar por la queja, el desaliento, la desesperanza. Es verdad que no todo va tan bien como quisiéramos, pero hemos de ser realistas para no adoptar un tono mustio y lleno de lamentos. Los lamentos resuelven muy poco, más bien lo contrario, dejan, las más de las veces, un poso de amargura en nuestro interior que hace que todo nos duela aún más. Por eso, pidámosle al Señor tener una visión más sobrenatural y menos mundana, le pedimos verlo todo con sus ojos.
Resuena en nuestros oídos esa invitación suya: “vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo…” ¿Qué hace la sal? Lo que hace es potenciar el sabor de los alimentos y, al tiempo, impide que se corrompan. Sí, hemos de ser sal que dé sabor y preserve de la corrupción. La sal parece insignificante pero facilita que la fuente no se convierta en charco, que las aguas no se queden estancadas. Nos pides, Señor, no estar callados. Nos pides hablar y actuar. Este mundo nuestro necesita palabras que pongan las cosas en su sitio, pero avaladas por los actos que pongan a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. ¡Cuánto necesitamos todos puntos de referencia! Sí. Porque nos descuidamos con tanta facilidad… Nos quedamos tan en la superficie… No lo permitas, Señor. Ayúdanos a conocerte y, a partir de ahí, podremos amarte con más hondura. Porque apenas te conocemos. Muchos de los pecados del mundo actual, más que en la malicia, tienen su origen en la ignorancia, ignorancia en gran medida culpable, porque no nos interesa saber las cosas. Dios mío, que no nos quedemos en la superficie, instrúyenos en todo. Y te amaremos más.
En la adoración que es, en definitiva un diálogo de intimidad con Dios, le podemos abrir las puertas de nuestra alma de par en par, para que nos ayude a poner las cosas en su sitio. Le podemos pedir que nos muestre nuestras debilidades y pecados, para que no nos sigan hiriendo. Un ejemplo puede ser la necesidad de perdón. Hay en mi vida momentos duros en los que me han hecho daño o en que quizá yo también he podido hacer daño a los demás. Todo esto me hace estar herido, y esas heridas que he “maltratado” a los demás, o me han hecho a mí mismo, me llenan de dolor y sufrimiento. Y se quedan como enconadas dentro de mí. Pero eso no es definitivo. Frente a Jesús Sacramentado nos sentimos confiados y le decimos: “Con tu ayuda, Señor, quiero salir de ahí. Sé que eso, que me parece muy difícil o imposible, no es verdad que sea inexorable: contigo, Dios mío, puedo superarlo, porque tengo mi confianza puesta en Ti, para que me sanes. Algo que sé que me hace daño es la falta de perdón. Perdóname, Señor, te pido perdón, pero de verdad, de corazón”.
Perdonemos a Dios. Es curioso, pero podemos convertirnos en acusadores de Dios. Sí, Señor, en ocasiones te he echado la culpa de las cosas malas que me ocurren o que no entiendo, e incluso me he enfadado contigo. En ocasiones, al no resolver ese sentimiento negativo en mi interior, he ido arrastrando esa incomprensión para contigo y eso ha hecho mella en mí. Eso a lo que me lleva, a veces, es a fomentar que la amargura se instale en mi alma y vea todo desde esa oscuridad interior, con negatividad, centrado en mí mismo, en mi manera de ver las cosas. Perdóname, Señor, he dudado de Ti, me he opuesto a Ti y no he sabido comprenderte. Aparta de mí esa sospecha. Ahora sé que no tenía razón, y me duele porque Tú siempre estás a mi lado y me quieres. Tú tienes razones que yo no entiendo y que son designios de amor sobre mí. Eres mi bien y mi todo. Perdóname.
Perdonar a los demás. Que vea con claridad que ese perdón que Dios me otorga, que voy experimentando y viviendo en mí, lo traslado también a mi relación con los demás: si Tú, Señor me perdonas, que aprenda de Ti a perdonar. Arranca de mi corazón todo odio, rencor o resentimiento, toda pretensión de vengarme, de querer el mal para los demás. Perdono de corazón a quien me ha herido. Sé que me cuesta, pero Tú me dices que nada hay imposible para Ti, por eso te lo pido con humildad: ayúdame a perdonar. Quiero hacerlo, a pesar de que no lo sienta en un primer momento y, aunque me cueste, o note bloqueo en mí. Te pido y reitero de todo corazón que me ayudes a perdonar. Sé que te has hecho presente en esos momentos de dolor, de heridas profundas, que han dejado en mí esa huella tan grande, pero Tú las sanas. Las estás sanando ahora. Pones tu mano llagada en mi herida abierta y eso, primero me irá aliviando y luego hará que ese dolor desaparezca y me llega la paz, esa paz que antes no podía tener. Gracias, Señor, porque eres bueno, porque es eterna tu misericordia. Gracias, porque haces que se caigan los muros de juicio sobre los demás.
Perdonarnos a nosotros mismos. Es, curiosamente, algo que pasamos por alto, que no terminamos de tener en cuenta, que nos cuesta mucho reconocer: perdonarme a mi mismo. Cuando vemos nuestra vida, a poco que seamos sinceros, nos damos cuenta de que hemos obrado mal, que esta o aquella situación nos ha hecho caer y con ese pecado ha caído por tierra la buena opinión que teníamos de nosotros mismos. Hemos quedado decepcionados, porque lo que somos y lo que quisiéramos ser no se corresponde. Eso nos avergüenza y hace que afloren esos sentimientos negativos con respecto a nosotros mismos y nos bloqueen, porque no estamos a la altura de nuestros deseos. Quizá vamos a la confesión y pedimos perdón a Dios, pero no terminamos de perdonarnos a nosotros mismos. Sigue en nosotros ese peso que traemos y llevamos porque no queremos abandonarlo totalmente en Dios. Seguimos pensando que no somos buenos, que siempre estaremos metidos en esa oscuridad donde no terminamos de dejar pasar la luz. Nos cuesta tanto…
Es como si le dijéramos al Señor: “mira, soy muy malo, esto que he hecho no tiene perdón, no merezco nada…” y hay de fondo una especie de desprecio a nosotros mismos porque no hemos estado a la altura, le hemos fallado a Dios y nos hemos fallado a nosotros mismos. Son pecados que pesan tremendamente, por ejemplo el aborto, y es algo que nos ancla en el pasado sin que podamos mirar al frente. El dolor nos nubla la mirada y no somos capaces de mirarnos al espejo sin reprochárnoslo. Puede haber en ello también un punto de soberbia, un orgullo herido porque no hemos sabido actuar según lo que esperábamos de nosotros mismos. Pero eso nos hace tener una imagen de Dios como juez implacable y eso no es cierto. Pidámosle humildad para abandonarnos en Él, para poner a sus pies nuestras debilidades, faltas y pecados para que Él lo transforme todo y lo queme todo en su fuego de amor, transformándolo en gracia. Recordemos lo que decía el apóstol San Pablo: “no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte”. Pero Dios todo lo puede. En ese momento, si somos sencillos y lo dejamos todo en sus manos, el Señor se conmueve y nos ama con misericordia. Transforma nuestro pecado en gracia.
Perdonarnos, porque no podemos ser jueces implacables de nosotros mismos. Si Dios nos ama y es tan grande su amor, no le digamos que no nos quiera. No le impongamos a Dios nuestro criterio que nos hace víctimas de nosotros mismos, al considerarnos indignos de todo. La dignidad no nos la damos nosotros, nos la da Dios que no deja de considerarnos hijos suyos.
Es Él quien pone “sabor” en nuestra vida, pone en nosotros esa sal que nos hace paladear su amor, que nos hace comprender más y mejor todo lo suyo, para distinguir más y mejor entre el bien y el mal. Porque, si no, acabará siendo todo bruma, todo gris, sin color, sin matices. El bien y el mal no son posibles opciones que yo manejo según mi propio interés, según mi visión del momento. El bien y el mal no lo decido yo, no es algo que se pueda decidir por consenso. Pero eso que parece evidente, cuando se trata de sacar adelante lo que me conviene, lo que construye de verdad mi vida, acabamos por no verlo claro. Hemos de decirle al Señor que nos haga distinguir bien las cosas. Hay cosas que son como son y no como yo las veo, o las ve el mundo. No todo es opinable. Si todo podemos cuestionarlo y someterlo a “lo que a mí me parece”, todo lo acabamos volviendo confuso.
Dios mío, no lo permitas, no permitas que gane en mí la confusión, ese querer hacerme medida de todas las cosas. Dame tu luz. Sí, porque quieres que apoyados en Ti, partiendo de Ti, seamos la luz del mundo. No somos nosotros la luz, la Luz eres Tú. Eres el Sol que nace de lo alto para alumbrar, para que no vayamos a tientas, dando tumbos y golpeándonos con todo lo que encontramos a nuestro paso. La luz es algo que hace ver con claridad las cosas. La luz es sencilla, porque parece que no tiene entidad propia, sin embargo, darle al interruptor hace distinguir todo. Tú eres la luz y siembras claridades. Cuando te miramos a Ti, Dios mío, nos iluminas y nos haces captar todo con hondura. Ilumínanos para iluminar. Mirándote y dejándonos mirar por Ti sabremos dónde estamos y cuál es el camino de nuestra liberación y de nuestro encuentro contigo.
La adoración, nos ayuda a todo esto, nos pone en marcha para abrirnos al Señor para presentarle nuestro corazón y pedirle que lo sane, desocupando todo lo que nos aleja de Él, ordenando las cosas que quizá están allí desordenadas, abiertos a todo lo que pueda poner allí para fortalecernos y orientar nuestro camino. La adoración es reparadora, reconstruye todo lo que estaba tirado por tierra, se convierte en luz que nos da la fuerza y la paz para no caminar a oscuras. Con ello, reparamos lo que está roto en nuestro interior y nos hacemos niños para decirle al Señor: te quiero mucho, abrázame y lléname de Ti, porque si estás tan dentro de mí sabré caminar sin miedo. Y llevaré al mundo todo lo que voy aprendiendo de Ti. Gracias, Señor, por tantos dones…
D. Alfonso Sánchez-Rey López de Pablo
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja- Alcobendas/Madrid-España.
24 de febrero de 2022
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