Reflexiones diarias, súplicas y oraciones

Lunes, 25 de marzo de 2024

1. Reflexión

1. Reflexión

Un día, durante la Santa Misa, el Señor me hizo conocer más profundamente su santidad y su Majestad y al mismo tiempo conocí mi miseria. Me regocijé de ese conocimiento y toda mi alma se sumergió en su misericordia; me siento sumamente (141) feliz.

Al día siguiente sentí evidentemente las palabras: Ves, Dios es tan santo y tú eres pecadora.  No te acerques a Él y confiésate cada día.  Y efectivamente, cada cosa en que pensé me pareció pecado.  Sin embargo, no abandoné la Santa Comunión y decidí ir a confesarme a su debido tiempo, no teniendo un impedimento evidente.  No obstante, cuando se acercó el día de la confesión, preparé una gran cantidad de pecados para acusarme de ellos.

Pero al acercarme a la rejilla, Dios me permitió acusarme de dos imperfecciones, a pesar de que me esforzaba por confesarme según me había preparado.  Cuando me alejé del confesionario, el Señor me dijo:  Hija Mía, todos los pecados que quisiste confesar no son pecados a [142] Mis ojos, por lo tanto te he quitado la posibilidad de decirlos.  Conocí que Satanás, queriendo turbar mi paz, me sugiere pensamientos exagerados.  Oh Salvador, qué grande es Tu bondad (Santa María Faustina Kowalska, La divina Misericordia en mi alma, Diario, 1801-1802).

2. Súplicas:

  • Pidamos la gracia de prestar más atención a la voz de nuestro Señor Jesucristo, evitando siempre los engaños del maligno.
  • Oremos por las almas del purgatorio y por los que no creen en la presencia permanente de nuestro Señor Jesucristo en nuestras vidas.
  • Por nuestra humanidad doliente,
  • Por las almas del Purgatorio,
  • Por las intenciones de la Virgen María,
  • Por nuestra Santa Iglesia Católica,
  • Por nuestras intenciones personales.

3. Propósitos del dia:

Vivir siempre en una intimidad profunda con el Señor.

4. Oración Final:

¡Oh Jesús, no me dejes sola en los sufrimientos! tú, Señor, conoces mi debilidad; no soy más que un abismo de miseria; no soy más que una nada, ¿qué extraño es, entonces, que si tú me dejas sola me caiga? Soy como un recién nacido. Soy impotente, Señor; no sé valerme por mí mismo, más en el abandono tengo confianza. A pesar de lo que siento, conservo la confianza y concentro todos mis sentimientos en una entera y absoluta confianza en ti.
¡No disminuyas ninguno de mis sufrimientos; dame, simplemente, ¡la fuerza de soportarlos! Haz de mí lo que tú quieras. Dame solamente la gracia de saber amarte en todas las circunstancias de mi vida. No disminuyas, Señor el cáliz de amargura, sino dame sólo la fortaleza de beberlo todo. Oh Mi Buen Jesús Misericordioso, Rey de Misericordia, confío en Ti y solo en Ti espero. Amén. ¡JESÚS, EN TI CONFÍO! (Diario V, 46, 67).